jueves, marzo 30, 2006

Dingle

(Tiempo estimado de lectura: 20 munutos)

Realmente alguien debería escribir una novela sobre aquella cocina, pensaba Emma, permanecer frente al tarro de melocotones y el queso y las migas durante horas recreando el mundo reducido a veinte metros cuadrados. Douglas Hyde o Lady Gregory emborronando cuartillas donde Emma podría resumir su corta edad y desde donde ve crecer a través del ventanal, acodada y sujetándose el mentón, a dos niños que juegan a perseguirse. Imagina cómo se disipa la luz y alguien fuerza la cerradura, consigue entrar y ella tantea el mármol hasta dar con un cuchillo; o cierra los ojos cuando Samuel y su madre no están, y se ve a sí misma diez años atrás, con la cara moteada de harina y escribiendo su nombre con mermelada en los azulejos, Emma en todas partes, churretones morados fragmentando la cocina. La ve como si estuviera allí, y realmente Emma puede alargarse y tocar a Emma, agarrarle la mano y dejar de hablar sola, cada una en su época y tiempo, dejar de danzar arrítmicamente cuando nadie puede verlas, y bailar la una con la otra. Colocó el pastel de nueces y melaza en la tercera bandeja, al final del refrigerador, después de añadir una hojita de menta y sonreír complaciente. En esos días en que no se distinguen las fechas, el mes de julio había echado sus primeras raíces. Sí, Douglas Hyde debería explicar la íntima relación entre el arándano y el jazz, entre las carnes y Ella Fitzgerald, cómo una confitura de jengibre no es una confitura de jengibre sin Nelly Furtado en la minicadena que Emma escucha junto al horno, narrar la vida de las dos Emmas en una novela.

Acostada, jugando con los dedos de los pies, Samuel y su madre entraron como se entra en un velatorio, aunque deliciosos en los abrazos y los frascos de ciruelas, la manteca y una botella de coñac. Pensaba en la harina que no llevaba el pastel, puso maizena, pero con la maizena nunca se sabe. Hizo creer que contenía el llanto, y fue al baño. Recordó, desnuda sobre agua tibia, el olor a álamos del jardín, la furgoneta roja que acercaba a los turistas y los guiaba por Dingle hasta Mar del Delfín, los gritos de tía Heder, las rabietas de Oliver, las tazas colgadas en el recibidor.
Los asientos eran confortables, había gallinas y conejos enjaulados y un hedor como de cieno, también sudor pegado en las mejillas y madres infladas de antidepresivos. Había cogido dos novelas de Faulkner del mueble de su padre, Mientras agonizo y Santuario. Comprobó que las llevaba en el bolso, se volvió y le alzó secamente una mano a su madre subida a la acera. Giraban por Audhton Street. Falda blanca y larga, apretadas enaguas humedeciéndole los muslos, pelo recogido en un moño y disfrutando de la ausencia de un viajero a su lado. Se ladeó y puso los tacones sobre el asiento. “Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial…”, comenzó a leer. El traqueteo la despertó a tres kilómetros de Dingle, desconcertada; un hombre de rostro plano y mirada hundida la observaba dormir a su lado.


Detrás de una colina más allá de Ventry se detuvo el autobús, a los pies del fornido tío Ernesto. Estrecharlo fue como cobijarse en un tronco grueso. Desde que tenía memoria, Ernesto blandía una herramienta y sudaba. A tía Heder le había crecido un cobertizo junto al río, al otro lado de la familia Daconte, frente a las dos altas casas. Por allí no debían merodear, “Propiedad privada”, ordenaba un cartel en el porche. Su tía fue siempre muy estricta respecto a eso; la salvaguarda de una estirpe llama a la invisibilidad, recordaba haber escuchado en alguna ocasión a su padre. Oliver la tentó una vez como una conciencia insensata, y fue peor probar el oscuro carácter de la tía que el cosquilleo de saltar por aquella ventana para colorearse la cara de rimel y pintalabios. Oliver no pasaba de metro y medio de huesos, siempre atento a cuchicheos con sus sobresalientes orejas. Una madrugada de insomnio se coló en su estancia y le desveló un secreto; el señor Ismael Daconte, marido de Elena Daconte, después de perderlo todo en una partida ilegal, degolló a su esposa y al hijo, y más tarde se quitó la vida. Cuando despertó creyó haberlo soñado. Atendió al nuevo empedrado del pavimento; todo estaba más menudo, más gris y con vallas bordeando el recinto. Tía Heder no había hecho la zona de recreo que Emma le imploró al final del pasado verano una noche de escurridizas luciérnagas. En su lugar puso un madero colgado del viejo roble medio tumbado. Oliver salió a su encuentro a grandes zancadas, más alto que un año atrás y de rasgos definidos, y la abrazó. En una mejilla se asomaba, tímida, una magulladura. Lora, la hermana mayor, los amarró a los dos con un acoso de preguntas y besos. Emma informó con celeridad, ninguna asignatura para verano, tía Isabel bien, de Samuel mejor no hablar, y mamá desalmada desde lo de papá, tan sola. Ernesto aparcó la furgoneta, y el pozo calmó sus turbias cenizas con aquellas dos sonrisas. Volvieron a agarrarse con fuerza.
Se detuvo ante el sartal de álamos entreverados con las dos casas, sus hojas angostas y las cortezas desgajadas sobre el manto de raíces, y sin embargo nada había cambiado; el mismo olor en una tarde cualquiera del recuerdo ahora con curiosos huéspedes alados en las ramas. “¿Los has visto Emma? en el pueblo no se habla de otra cosa”, sus dedos casi llegaban hasta lo alto. Con espanto la bandada de señoriales cuervos se elevó lentamente, como por turnos, desplegándose, y al pasar por la cristalera del segundo piso, Emma se detuvo al ver a Heder. Sobre la balaustrada el brazo de la tía rodeaba el hombro desnudo de Marta; con aquellos párpados de piedra parecían darle la bienvenida. Tan irracional el sentimiento que debe procurarse hacia un familiar, como hacia cualquier persona que no se elige tener cerca, el que nunca tuvo hacia su tía o hacia Marta, el que sí hubo respecto de Olivier o Ernesto. Tan irracional el deseo de golpear a su madre desde hacía tiempo.

De la mano su tío la acompañó hasta el dormitorio, junto a la escalera y frente a la habitación de Lora y Oliver, trasladados a esa casa para que no se sintiera sola. Una vez creyó que con esas manos Ernesto podría detener una tormenta. Cama amplia ideal para revolcarse, dos macetas con begonias, una ventana y un baño propio. Temerosa tomó una fotografía que le asustó; Emma con siete años y un vestido largo de brocado, el pelo hasta los hombros, posa disgustada como por imposición porque sólo quiere quitarse el vestido y mirar al cielo, si el escritor irlandés Douglas Hyde escribiera entonces que ella, la que sostiene ese trozo de papel cierra los ojos y coge de la mano a la niña de siete años y un vestido largo de brocado, todo encajaría, se pondrían a bailar, mirarían juntas el cielo.
Debilitada por el viaje, alcanzó el coñac y se lo dio junto a una sonrisa precedida de un abrazo; sabe que sonreír a los mayores supone favores futuros.
―Bienvenida hija ―su hospitalidad iba acorde con el tamaño de los hombros.
Conmovida, fue al baño recién adecentado por su llegada, bien lo sabía, aunque nada comparado con el suyo en Dublín. A la noche, mientras orinaba, un afeado cuervo sobre la repisa le ladea la cabeza; parecen escudriñarse, conocerse incluso.


Las mañanas eran espléndidas y calurosas sobre el césped trasero, un paraíso de bichos y color. Oliver y Emma jugaban todo el tiempo, insaciable edad competitiva donde no se juzga ni se concibe rendición, y a veces también con su prima Lora, quien supo desde que llegó que algún día su prima la sacaría de Dingle para ser su intérprete, tal vez escaparse juntas a París o Praga y no regresar. Lo pensaba cuando Emma se esforzaba en comunicarse con ella mediante el lenguaje de gestos, pues aprendía rápido. Oliver reía sus desatinos, es fácil ser niño y mofarse de quien no conoce un idioma. Solían estar en el jardín, en el balancín del viejo roble o tapando hormigueros, a veces en el piso de arriba o en los pasillos que zigzagueaban como dientes, pero nunca en la buhardilla donde Heder había instalado su escritorio para no incordiar su trabajo.
Los banquitos del patio ejercían de lugar seguro; uno hacía de perseguidor y el otro de presa en el juego. Con una mirada vivaz, Lora se inclinaba por la victoria de su prima, sentada sobre el tablado y atenta, deseando que Oliver no la agarrara. Siempre había envidiado el cabello de Emma, liso y color azabache, no así la expresión que conformaban pómulos y nariz, expresión que suplicaba el avance de los años, un estado impaciente de espera que la irritaba. El recinto del juego iba desde los arbustos y álamos hasta el final del patio de delante, sin sobrepasar la valla. El cielo a veces indispuesto de nubarrones, y al instante despejado, o con nubes solitarias, acomodadas y hasta algo tontas. Detenidos y separados por unas sillas de mimbre, Emma amagó a un lado y corrió en dirección opuesta donde Lora, pero un brazo le tocó el hombro.

―Ahora pagas tú, prima.

Hizo la cuenta atrás desde treinta con la vista tapada sobre las piernas de Lora, acelerando el ritmo hacia el final. No hizo trampas, aunque presintió que Oliver hallaba sus escondites con demasiada facilidad. Esta vez el dedo delator de Lora sí las hizo. Oliver atravesaba la casa, y la prima fue a la zaga, lejos ya Lora. Los gruñidos de Marta junto a la puerta del patio marcaron su carrera, con un cierto malestar en la pierna por las inflamaciones que arrastraba desde hacía unos años. Junto al cobertizo Oliver contenido y jadeante; se volvió frustrado y echó a correr hacia el caserón de los Daconte. Afuera, Heder arremetía contra Ernesto para que no volviera a dejar sus herramientas fuera de su sitio en lo que parecía un asedio de manotazos en la cabeza y gritos. De él no escuchó ninguna queja. El camino empedrado con ligera inclinación llevaba hasta la gruesa puerta entornada del caserón, por donde Oliver pasó sin apenas rozarla. A Emma le recordó el sótano de su casa en Dublín, al que jamás bajaba sola pues una tenue luz daba formas monstruosas a botes de insecticidas y cajones. El crujir de unas maderas la hizo subir peldaños hasta el piso superior. Lo encontró parado en una habitación, junto a siglos de abandono y quietud. Pensó que algo oculto les vigilaba; insectos intrusos en cadáveres, o algo peor. Olvidaron el juego. Emma se arrimó a él arrastrando los pies como metálicos por la habitación del por siempre pequeño Gelmond Daconte, hasta aferrarse a la blanca mano temblorosa de Oliver. Apenas se distinguían, entre sombras, los contornos de las sábanas apartadas de un último sueño, un cuaderno sobre la mesa, y al acercarse, una frase inacabada. La mano de Ernesto podría ahora aplastar la oscuridad, murmuró Emma. Un crujido como de pasos en el salón desencadenó empujones y gritos; salieron corriendo presas de la asfixia, del aire cargado y sucio, bajaron las escaleras de un salto y dieron un puntapié al portón hasta llegar al jardín. Todo estaba allí inmóvil, como en una fotografía. Lora distraída con un mechón, y dos ojos que relucían desde la cocina. Oliver y Emma tardaron en volver a sonreír desde lo sucedido. Aludiendo que requería un baño, Oliver subió las escaleras cabizbajo sin percatarse del cuaderno que Emma escondía bajo el suéter.


A los pocos días Emma enfermó. Con la puerta entreabierta gritaba lo que necesitaba. Esa misma tarde abrió el cuaderno color canela y de textura rugosa de Gelmond Daconte, como quien profana una tumba. Se trataba de un diario fechado cuatro años atrás. Cuanto más procuraba no fijarse en los detalles, más retenía lo que se relataba. Pasiones y recelos, tramas y descabelladas suposiciones, encuentros con niñas descritas con natural afecto y peleas colegiales. Sin duda la vida de ese chico era la vida de todos los chicos. En varios párrafos nombraba a Marta, aunque no como ella la conocía. Varias páginas antes del final, contaba: “Papá ha llegado otra vez borracho. Cuando viene así se odia, nos odia. Me encierro en mi habitación y miro por la ventana. Estoy mirando los cuervos, parecen querer quedarse con nuestra casa. Papá está golpeando a mamá”. En la parte superior indicaba la fecha: 16 de febrero de 1931. Avanzó hasta la última página, donde las palabras eran como metálicas o vagas: “No dejarán que te acerques; vete”.
―No está bien leer lo que otros escriben. Y mucho menos robar ―Marta la miraba desde los pies de la cama.
―Pensaba devolverlo. Sólo es un diario que encontré el otro día, además ahora no tiene dueño.
―¿Crees que porque ese niño muriera ha dejado de ser suyo? Le pertenece aunque pasen miles de años. Eres una ladrona, pero no se lo diré a tia Heder, estate tranquila ―le quitó de las manos el cuaderno y lo mantuvo bajo el brazo―. Me ha encargado que cuide de ti.
Sonó como una sentencia, amenazadora, aunque bien sabía que su rabia no era más que rabia, jamás la perjudicaría. Soportó las frías atenciones, sus retrasos y olvidos. En los tres días que duró su estado febril ni Oliver ni Lora fueron a visitarla, están por ahí jugando, respondía esquiva Marta. Harta en la segunda noche, le dijo a Marta cuando le trajo la cena que por favor buscara a Oliver, y que fuera a verla a la noche. Esperó y esperó, recostada sobre un almohadón. Hacia las once escuchó griterío en el piso superior, un empujón y Oliver arrinconado, ocultando el rostro para que no hubiera marcas, llantos, inútiles disculpas, pasos que reconoció como los de Heder, cortos y pesados, no eran los vigorosos de Ernesto, una lámpara rodó hasta romperse, Marta victoriosa y golpes y patadas. Gritó sus nombres e intentó incorporarse hasta agotarse. Un pensamiento la trasladó a otro, y este a otro hasta sentirse más y más débil, aturdida se fue diluyendo como en una batea, como en sueños.


“No dejarán que te acerques; vete”. Despertó repitiendo en voz alta esa frase, pronunciada detrás de la niebla que separa sueño y los sudores que la empapaban. La fiebre le fue bajando a medida que avanzaba la mañana, y para la tarde pudo sentarse con los demás a comer. Había un vecino pelirrojo que la miraba, debía tener su misma edad y la saludaba. No le conocía, ni él a ella tampoco, nunca había soportado esos chicos de su edad que sólo quieren besos y más besos, cúmulo de babas y una mano bajo la blusa. De reojo miraba la viscosidad lasciva en los ojos de algún profesor cuando subía peldaños, a la espera de que la escalera no fuera sólo una escalera, un eterno asecender por las caderas adolescentes y tiernas. Pasaron las semanas y retomaron la tranquilidad de los primeros días. Lora y Emma volvieron a cocinar juntas, eneldo, hinojo y berros eran sus condimentos perfectos, la tía supervisaba los guisados, degustaba los filetes y cuando precisaban de Emma, ésta hacía flan o algún pastel.

Marta la toleraba pero jamás pensó hacerse su amiga, no sabe nada de lo que pasa en esta casa, sólo juega y prepara dulces. Le sonríe ahora que ella la mira. Ningún problema en saludarla y compartir mesa, pero que no toque sus faldas ni sus zapatos, que no coja nada y se marche pronto.

Cuando Heder gruñía por una ventana mal cerrada, los cuervos esperando tales descuidos, Emma se metía en la cocina, encendía el horno a 250º, separaba la clara de la yema de varios huevos, cortaba la rugosa piel de una naranja, su penetrante olor a azahar en el aire, tamizaba harina, azúcar, trufa, hojas de menta y preparaba un dulce para la tarde del día siguiente, a modo de descanso. Mejor eso que bajar hasta la playa. Jamás había compartido la belleza de observar el oleaje, o humedecerse los pies en la orilla; detestaba regresar con arena por todo el cuerpo. En el comedor la altura del techo, con sus enormes vigas, ofrecía el lugar más fresco de la casa. Heder y Ernesto en las cabeceras, Emma y Oliver a un lado y Lora y Marta en el otro, con la costumbre familiar de guardar silencio. Ultimamente los cuervos están excitados, como esperando algo, y se posan sobre cada superficie donde sus patitas quepan, buscan huecos civilizadamente, se hacinan. Ernesto repite lo de la Asamblea popular para hacer algo al respecto, tal vez insecticidas, y no dejar ninguna ventana entornada.

Emma se cruzó con Oliver varias veces en la cocina, mientras dejaban los platos sucios. Presuroso, no hubo respuesta cuando Emma preguntó por las magulladuras en el cuello. Sabía que era el escarmiento de tía Heder por la escapada al Caserón de los Daconte. Un niño no se pregunta si puede devolver los golpes de una madre, pero sí por qué estos no se reparten entre los culpables. Emma tomó caldo y una manzana, y esa noche observó, como si estuviera presa, a sus primos jugar en el jardín.

Una mañana Emma observó cómo Marta se divertía saltando sobre un solo pie, y algo húmedo y frío pareció posarse en su pierna.
- ¿Quién te ha pintado? –dijo tontamente Oliver presionándole un eritema.
Sobre el vallado, un enorme cuervo picoteaba como con ternura a otro en el cuello. No sabía por qué, pero pensó en su madre, le entró una arcada. Tal vez la llamaría esa semana. Apartó la mano de Oliver y atendió como fotógrafa ante un buen encuadre a Marta apoyada con una sola pierna, y a los cuervos de delgadas patas junto a ella en su visor, hizo un cuadro con las manos, esperó a que la luz transversal fuera la idónea, e hizo una foto.


A la noche disfruta escuchando el paso lento del tiempo, minutos como rodillos de amianto, acurrucada en la mesa partida de marmol junto al rosal, había cerrado bien las ventanas por los cuervos. Salieron también Lora y Oliver abrigados, después Marta, acercó su mano por el cabello de Emma, lo acarició sin tocarlo, cruzó los brazos tristemente.


Hacer un embalse con tejas, arena y mucha agua, no fue tarea sencilla, pero ambos se lo tomaron como un reto. Emma hacía de capataz de la obra. Cogían la manzana del postre y recogían los platos con premura. Ernesto les disculpaba, eran chiquillos que se divertían y no debían quedar mal con la familia. “Después lo lavarás tú y recogerás todo”, auguró tia Heder acicalándose los tersos pelos que sobresalían de una verruga como patas de araña, bajo la nariz. Decidieron hacerlo junto al balancín de madera donde el terreno estaba inclinado; las hendiduras en la fina tierra guiarían el río, el agua arrojada cuidadosamente por los surcos desde las manos de Oliver. Lora siempre atenta y sorprendida. En una botella metieron moscas y otro bichos, algunos destripados minuciosamente, manos pringosas pues todo el mundo sabe que para conocer la naturaleza hay que aplastar con los dedos algunos insectos. Emma pensó por un instante en el incidente de la escapada; sin dudarlo, le preguntó a Oliver por qué tía Heder no les dejaba entrar en aquella casa deshabitada.
- Desde aquel febrero en que ocurrió la tragedia de nuestros vecinos no le gusta esa casa. Y los muertos tampoco –en su cuello tostado apenas se distinguían las heridas.


Cada cinco días llegaba la pesca al puerto de Dingle y Ernesto regresaba con varias cajas de boquerones y sardinas; también subía a varios turistas alemanes o franceses. Ernesto les había prometido darles la sardina más grande a su vuelta; sería el primer habitante del pequeño pantano. Cuervos como una oscura plaga ennegrecían el paisaje, y el maldito calor. Emma fue a buscar clavos y algo con que hacer palanca en la tierra. Cogió un puñado de la parte trasera; extrañamanente, no había ningún cuervo. De vuelta pensó que en ausencia de los tíos podría reconciliarse con su prima, dos niñas siempre pueden encontrar algo que las una, secretos o algo con que divertirse juntas, o no, no se lo merece, piensa Emma, presiona su mandíbula y camina más erguida, amenazante, mejor poner a esa niñata en su sitio, sin testigos, un revés con la palanca, sí, escarmentarla. A la altura del embalse, sólo estaba Marta. Había algo en aquella escena, no sabía qué, como desenfocado, algo no iba bien, sonó un clic en su pecho, dejó caer los clavos, Marta riendo burlonamente, parecía buscar motivos para aquel reguero de barro, el vecino pelirrojo sonreía invariable en su recinto. Volvió la vista y vio a Lora sacudida por impulsos nerviosos, agitando el cabello e intentando inútilmente emitir un grito, todo fue muy rápido, el maldito calor, sabías que me gustaba ese chico hasta que su padre lo degolló, cree escuchar de Marta que la miraba entonces, pero desde donde está nos comunicamos mejor que antes, pudiste leerlo en su diario, algo no iba bien, no sabía qué, le gritó que se callara de una vez.

―¿Viste que el diario continúa a pesar de que nadie escribe? Lo hace él, desde donde esté. Los muertos están, y ven lo que hacemos, y también lo que vamos a hacer. Está muy solo, no tiene con quien jugar ―del interior de la casa se escuchó un grito pavoroso.

Sobre la mesa partida de mármol, en la entrada, en repisas, barandillas o tablados centenares de cuervos, algunos desplegados, otros gimiendo y todas las ventanas abiertas. Emma pensó en la mano infinta de Ernesto y en sangre sobre los azulejos de la cocina con su nombre, Emma en todas partes, esquivó como pudo los picotazos y sobre todo esos diminutos ojos enardecidos. Recorrió la casa laberíntica hasta dar con Oliver, quien gritó con una voz ronca desde el suelo que no dejarían que se acercase, que se fuera, forcejeaba con la pita que anudaba sus muñecas ahora ensangrentadas, aturdido por un enjambre de picos.

miércoles, febrero 22, 2006

El abuelo

(Carlos Navarro. Febrero 2006)
En pleno agosto cubría su lánguido cuerpo con las tres chaquetas que había en el armario. A sus 93 años el abuelo de Andrés huía de puertas y ventanas, no salía a la calle si corría viento pues sentía el frío como un preludio de su muerte.

Había sobrevivido a la Guerra Civil, ni una sola herida. Una cicatriz en la frente del primer coche que visitó el pueblo, cuando tan sólo era un crío, atestiguaba su edad. Sus mujer había muerto, sus amigos, también. Andrés pensaba que vivir cuando ya no queda nadie con quien recordar tiempos comunes, se parece a la vida de un fantasma. Distinguía perfectamente los obtejos de la casa, todavía podía asirlos como los sacos de harina que transportaba hasta la fábrica de su padre. Sin apenas signos vitales parecía exhausto desde que se levantaba. Metódico, recitaba cada noche las mismas historias. Un día Javier, el hermano de Andrés, pensó bajar a la calle a pesar de que tendría que dejar sólo a su abuelo. Unos pasos arrastrados lo alacanzaron en el rellano.

- No me dejes solo, no me dejes solo.

Javier tuvo que ceder al chantaje emocional al ver su mirada desarropada e implorante. A la media hora ya dormía y Javier se entretenía al teléfono.

Aceptaba resignado pasar un mes con cada hijo, cambiar de ciudad como una pelota caliente que nadie soporta. No entendían los nietos que la ignoracia permitía su longevidad. Él no comprendía cualquier cosa ajena al salón oblongo en que se pasaba horas viendo partidos de fútbol. Cuando olvidaba si era de día o de noche, o si había tomado la cena o la pastilla para el riego, tan sólo argüía:

- Ya sólo me queda esperar la muerte, que son muchos años.

Aunque era más pertinaz respecto al número exacto de veces que debía ir al baño para gozar de buena salud. Para quien había levantado un país con años de labriego en su vida tan longeva, no había palabras comprensivas ante aquel inservible cuerpo. Si le alcanzaban las siete de la tarde y no había podido hacer, preguntaba:

- Hoy no he hecho de vientre, ¿crees que será algo grave?

- No abuelo –replicaba hastiado alguno de sus nietos-. No pasa nada porque un día no hagas. Te lo decimos todos los días, y siempre se te olvida.

- Ay. Ya sólo me queda esperar la muerte, que son muchos años.

Una tarde en que Andrés andaba muy liado con sus estudios, el abuelo irrumpió en su habitación:

-Hoy no he hecho de vientre, ¿crees que será algo grave?

- No abuelo. ¿Qué le va a pasar por no hacer en un día? Todo lo que entra sale.

- Ya sólo me queda esperar la muerte, que son muchos años –farfullaba el abuelo.

- Si abuelo, son mucho años. Pero le preguntaste lo mismo al médico cuando tu mujer ingresó en el hospital horas antes de morir.

El abuelo salió de la habitación preguntándose si le había llegado ya la hora, si moriría esa misma noche. La celebración de un gol en la televisión le condujo directamente al salón. Olvidando rápidamente sus inmediatas preocupaciones, se sentó a ver el final del partido.

sábado, febrero 18, 2006

El encuentro

Agitaba la cucharilla desconcertada. Madejas de cobre le urgían alzarse, coger el equipaje y llegar al aeropuerto. Se excusaría nada más llegara él, terminaría su taza de café y marcharía a Bélgica. Rechazó la compañía inoportuna de un señor de lustre anticuado, pana y sombrero. Pasados varios minutos, y justo cuando él apareció, supo de su fragilidad ante aquel chico con el que apenas había compartido breves comentarios de pasillo. Pero lo que afuera le esperaba no era la vida, sino una piel sin aromas ni escarcha.

- Te pedí que vinieras aquí porque sabía de tu marcha. Me llamo Samuel, y debo decirte algo -casi no movía el mentón. La mirada; cubierta de arena y pasado. Sus primeras palabras dejaron a Bélgica en manos sudorosas.

- Esta es tal vez la forma más ridícula que tengo de darte las gracias, de compartirme contigo. Recuerdo tu llegada a nuestra aula, extranjera en una casa fría, al menos la imagen primera de la presentación formal; a simple vista eras un granito más de arena. Aunque no lo supe entonces, detrás de esos tímidos labios, jugaba dentro el universo. Junto a quien me brindó tu nombre, reposabas grácil e inédita sobre un pupitre. No pensé que llegaría a añorar tus descuidos, a temer tu pérdida -no se movió de donde estaba, recitaba de momoria sin dejarse una coma para culminar lo que durante años había anidado en algún lugar, detrás de la urdimbre de versos y lamento.
Las personas acostumbran a hablar y a desvelar, narran hechos, persuaden o describen pasiones sin tregua, invaden y frecuentan los oídos y consumen los secretos. Ante eso, me quedo con el manto de silencios entre tu piel y la mía, tolerar la inquietud al balanceo de una mesa cuando esperas una señal, preguntarte sin decir, responderme sonriendo; como cuando tropiezas y siempre consigues levantarte pues tienes el valor, las agallas de miles de vidas; secar lánguidas tus lágrimas con un pañuelo que no salió de mi bolsillo, observarte agradecida con el tacto. Posado en mi pecho, la distancia herida de muerte, gritaba el abrazo. Imploraba cuidado y desgaste, renunciaba a los motivos, a explicarse, pues deseaba ser arrancado y exigido; sin pedir permiso, obtuviste lo que era tuyo, cogí lo que era mío.

Ella volvió a aquel primer contacto, desvalida de olvidos. Sus párpados cayeron vencidos.

- Esa barrera derrotada, y el recuerdo de la primera imagen sobre el pupitre. Pienso en la ceguera de quien te sigue mirando como yo entonces, de quien no escarba en la playa -la vista aturdida en la bruma de un barco-, porque el embrujo del mar se oculta bajo la arena. Removiendo intuitivamente en la orilla, una mañana te encontré. Y es ahora que apenas te conozco -tan sólo nos une la misma aula, alguna adventicia sonrisa compartida: te llamas incisiva o pelos o desastre-, que tengo la convicción de que poco más sabré de ti, que poco más sabrás tú de mí. Quién sabe si todo está ya escrito en la bitácora del destino, si nos aguardan anodinas conversaciones o quebradizos paseos con un helado compartido. Sé de la frágil seda que hilvana la complicidad la mayoría de las veces, fugaz o transitoria; que todo es prescindible y pasa, que a menudo nos gobierna la cobardía y el silencio, las palabras no pronunciadas como el encuentro al que no acudimos o el gesto contenido, el arrojo para decir u ofrecerse, libres de todas las lentitudes, y los secretos. Si me preguntaran qué me insta a desear saber de ti, cómo estás, no sabría qué responder.

Se había dejado balancear por sus palabras, y le añoraba, como esas veces que arropaba a su gata Lilí de rabia por temor a su pérdida temida. Antes de atravesar la puerta y desaparecer, él le besó el párpado y ella pudo escuchar por última vez aquella voz nueva, y eterna desde entonces.

- Para que recuerdes que algo de ti ha quedado en mí, te digo adiós, te echaré de menos, aunque te vayas siempre estarás aquí.

Salió del local. Ella lo haría minutos después, como despertando.

viernes, diciembre 30, 2005

Mujer rehén (carlos navarro. Versión completa)

Los cordones de sus botas desabrochadas golpean el diván con un frágil balanceo de piernas, y su espalda parece derramarse jovial sobre la pared. Si no fuera por las anaranjadas luces que alcanzan las sábanas, sólo su frontera de penumbra, no distinguiría de su presencia más que ojos sesgados por las sombras.

Estamos uno frente al otro, sentados. Como pasos aprendidos de un tango, la conversación encoge, anónima, y esta mujer se llena de silencios. Jamás había temido al rechazo, nunca de quebradizos vínculos, libando majestuoso de un cuello todo sueño o lisura. Y aunque sólo escucho lo que esconden vigías sus labios, mantengo una ciega intuición; me observan y atienden, y sin embargo temo acercarme, intruso frente a ella.

Sobre el parquet las copas y el vino dulce, tan saboreado minutos atrás, habían soportado incólumes carcajadas y el tenso devenir del beso cautivo excesivamente huidizo. Decidida o incómoda, ante los fantasmas comparecientes que a veces le hacían compañía y los actores atrapados que nada saben de la casualidad oblicua que concede y empuja y por tanto permite el arrojo, había descolgado el auricular y me invitó. Raída de ansiedad, su boca atraviesa la oscuridad.


En el duelo sexual, esta mujer no se aviene a reglas ni pautas, lo que debe o no debe probarse, la conciencia que limita. Me agita desde la nuca sudorosa, me aparta y tumba o absorbe hacia sí, firme timón asido, mi cabello entre los dedos, no lo suelta. La habitación encoge, más y más pequeña cada vez, esas pupilas que parecen afanarse a ocupar todo el rostro, veleidosas y egoístas, y me desnuda de botones con rápidos zarpazos, apenas puedo resistirme todavía incómodo, insurgente, y sin embargo continúo en el círculo protector, ese rincón de la cama que he hecho mío, pero me invade. Retiro pantalones, camisas, “quiero este hueco, entre la ingle y la cadera, este rinconcito de tu cuerpo, siempre será mío”; busco un llano donde apoyarme, no me vencerá —mi prisionera, mujer rehén—, brazos que la aprietan, sonrío, ella no, sólo gime y se abandona, entregada o sumisa o perdida detrás de los cristales, se inclina con los músculos rígidos, dejando libre todo el cuello delgadísimo para ser mordido o devorado; muerdo y devoro y gime aún más embriagada de labios y sabores, ahora se acerca, sujeta mis brazos detrás de la espalda para susurrarme endiabladas peticiones o exigencias o deseos que jamás pronunció, que jamás leí ni escuché en otra mujer, o repetidos tantas y tantas noches como esa a otros oídos que no leyeron ni escucharon nada igual, ocultos detrás de sus gafas de niña inocente o frágil, los repite mientras suelta mis brazos, suspira, me besa por vez primera, y suplica como hiciera a los otros, amantes prisioneros, rehenes, una y otra vez.

Del duelo mortecino y del vino derramado no quedó más que un hueco o un vacío, la mañana homicida en que acudí al lugar del crimen, todavía embriagado de sábanas, y ella, con la voz bien afilada, me pidió que me marchara.


Con precisión matemática, arañaba algunas mañanas un leve saludo. Quedamente alzaba un brazo, esculpía una mueca. Otras veces compartíamos un breve espacio: dos cuerpos que no se interrogan, que no se nombran, sentados entre amigos que nada saben. No podemos reclamar lo que tuvimos y nos pertenecía, un libro raído por lo años y las manos que decidimos dejar o vender, con tachaduras y sin las tres últimas páginas. Nuestro. Suyo. Aunque pudimos leerlo y rayarlo y arrancar sus hojas a nuestro antojo, como ahora él o ella o ellos, los nuevos inquilinos de su piel.


Volveríamos a encontrarnos años más tarde, en una de esas ciudades belgas de las que no se recuerda el nombre. Una convención de periodistas, “El rigor en la información, la decadencia del reportaje”. Como alumna en la clase equivocada, resplandecía solitaria junto a una pared, su corpiño rosado traslucía pechos mejor formados, habitables, cintura afrancesa, un chal de lana rojo rodeándola. Era la mujer que ahora poseía su cuerpo en la celebración de despedida. Salvo ella, ningún ser permaneció inmutable al paso del tiempo: rostros finalmente definitorios, vértigo de sienes; quizá la innoble eternidad había conseguido su vedada corporeidad.

Tal vez ingenuos o cómplices, nos interrogamos por relaciones pasadas de las que ya nada se recuerda o no se menciona, o sí lo hacemos pero seccionadas o menoscabadas, narradas las indiferenciadas o anecdóticas y humorísticas, y calladas las delirantes que no supimos retener, mujeres displicentes y arrogantes, u hombres infieles, camaleónicos o altivos que hieren y marchan. Los años transcurridos fueron así un leve silbido abandonado.
En aquella declinatoria noche, eligió el marrón, como recordando una leyenda. Pinceló mi alma con su alma infantil y su varita, y le dio color a mi nombre. Me invitó a la inmensidad como quien ofrece una postal; ven conmigo, allí sabré tratarte; entre sus manos, el Universo, intimidado, recordó su lejana infancia.
Retomé la incipiente habilidad de los veinte años, la cómplice adulación que susurra cuando la seducción no es más que un juego o una trampa. Es tan fácil musitar bajo el tácito arrullo de unas risas cuando los rostros reconocen y permiten la proximidad; quedaron cinceladas las caricias como en un busto o una roca de quien amamos o tan sólo enternecimos, cuando el sexo era un acto generosidad.

Su cabello entonces sin violencia o refugiado, con You are so beautiful de Joe Cocker sonando tan cercano y nuestro, su baile acompasado aunque a la espera de una mano o una invitación, o quizá esperaba a un enchaquetado anciano a punto de volver, aburrida de mi presencia o nuestros ayeres, y sin embargo algo cambió cuando le mencioné que marcharía por la mañana hacia Nuevo Méjico un par de semanas, una novela que finalizaba con un personaje que debía conocer. Ella, no conocía sus horas siguientes. Como si su despedida nunca hubiera ocurrido, postergada por una voz que no pronuncia, su espalda tantas veces recorrida, recuerdo sus temblorosas ensoñaciones, el instante, fugaz como una infancia, en que se entrelazan sueño y consciencia; trémulos pataleos, párpados que se alejan.

Caminamos embriagados por un filo melindroso, como buscando un margen: a los lados nos esperaban los latidos. Recorrimos la innombrable ciudad, sin nada salvo la noche única en común, y bajo aquel cielo confidente, obtuvo eficazmente como en una correspondencia ajena que rasgas y lees, todos los detalles y secretos más ocultos que callé o adorné mientras le narraba, retomando las últimas caricias inconclusas que dejamos atrás. Quien ha caminado junto a ella, sabrá de mis palabras.

“Si cuando regreses a Burdeos vivo en tu casa, entonces seremos para siempre”. Recogidos en su hotel, velado al recordar el futuro no pude más que celebrar mis semanas de espera, y mi vuelta por la senda pedregosa de Burdeos tras las palabras que pronunció con la firmeza de una sentencia o una invocación. La despedida sempiterna cuya lágrima última no caería temblorosa, dos extraños en Burdeos, el paréntesis que se cierra y nos embauca —un reencuentro o un destino—, apreciar sus gafas en la mesita o su ropa tendida o el olor a café en el porche de Burdeos o jugar al escondite, como dos niños, o dos viejos. Y mi hueso entre la ingle y la cadera adoleciente al fin suyo y no su ausencia ni los párpados alejados, sin la necesidad de preguntarse dónde estará el otro, en brazos de qué amante, ciudad o sombra, la delectación nocturna de asistir al instante, fugaz como una infancia, de sus temblorosas ensoñaciones. De la bala silente de su promesa, ahora sé que sólo quedó el humo.

La mañana presurosa inoculó en nuestro hotel como un crimen tramado en los últimos quince minutos que compartí con ella. Sobre mis últimos artículos publicados en The Times que ni tan siquiera atendió, el embrujo de esos labios infinitos me alumbró por última vez.