viernes, diciembre 30, 2005

Mujer rehén (carlos navarro. Versión completa)

Los cordones de sus botas desabrochadas golpean el diván con un frágil balanceo de piernas, y su espalda parece derramarse jovial sobre la pared. Si no fuera por las anaranjadas luces que alcanzan las sábanas, sólo su frontera de penumbra, no distinguiría de su presencia más que ojos sesgados por las sombras.

Estamos uno frente al otro, sentados. Como pasos aprendidos de un tango, la conversación encoge, anónima, y esta mujer se llena de silencios. Jamás había temido al rechazo, nunca de quebradizos vínculos, libando majestuoso de un cuello todo sueño o lisura. Y aunque sólo escucho lo que esconden vigías sus labios, mantengo una ciega intuición; me observan y atienden, y sin embargo temo acercarme, intruso frente a ella.

Sobre el parquet las copas y el vino dulce, tan saboreado minutos atrás, habían soportado incólumes carcajadas y el tenso devenir del beso cautivo excesivamente huidizo. Decidida o incómoda, ante los fantasmas comparecientes que a veces le hacían compañía y los actores atrapados que nada saben de la casualidad oblicua que concede y empuja y por tanto permite el arrojo, había descolgado el auricular y me invitó. Raída de ansiedad, su boca atraviesa la oscuridad.


En el duelo sexual, esta mujer no se aviene a reglas ni pautas, lo que debe o no debe probarse, la conciencia que limita. Me agita desde la nuca sudorosa, me aparta y tumba o absorbe hacia sí, firme timón asido, mi cabello entre los dedos, no lo suelta. La habitación encoge, más y más pequeña cada vez, esas pupilas que parecen afanarse a ocupar todo el rostro, veleidosas y egoístas, y me desnuda de botones con rápidos zarpazos, apenas puedo resistirme todavía incómodo, insurgente, y sin embargo continúo en el círculo protector, ese rincón de la cama que he hecho mío, pero me invade. Retiro pantalones, camisas, “quiero este hueco, entre la ingle y la cadera, este rinconcito de tu cuerpo, siempre será mío”; busco un llano donde apoyarme, no me vencerá —mi prisionera, mujer rehén—, brazos que la aprietan, sonrío, ella no, sólo gime y se abandona, entregada o sumisa o perdida detrás de los cristales, se inclina con los músculos rígidos, dejando libre todo el cuello delgadísimo para ser mordido o devorado; muerdo y devoro y gime aún más embriagada de labios y sabores, ahora se acerca, sujeta mis brazos detrás de la espalda para susurrarme endiabladas peticiones o exigencias o deseos que jamás pronunció, que jamás leí ni escuché en otra mujer, o repetidos tantas y tantas noches como esa a otros oídos que no leyeron ni escucharon nada igual, ocultos detrás de sus gafas de niña inocente o frágil, los repite mientras suelta mis brazos, suspira, me besa por vez primera, y suplica como hiciera a los otros, amantes prisioneros, rehenes, una y otra vez.

Del duelo mortecino y del vino derramado no quedó más que un hueco o un vacío, la mañana homicida en que acudí al lugar del crimen, todavía embriagado de sábanas, y ella, con la voz bien afilada, me pidió que me marchara.


Con precisión matemática, arañaba algunas mañanas un leve saludo. Quedamente alzaba un brazo, esculpía una mueca. Otras veces compartíamos un breve espacio: dos cuerpos que no se interrogan, que no se nombran, sentados entre amigos que nada saben. No podemos reclamar lo que tuvimos y nos pertenecía, un libro raído por lo años y las manos que decidimos dejar o vender, con tachaduras y sin las tres últimas páginas. Nuestro. Suyo. Aunque pudimos leerlo y rayarlo y arrancar sus hojas a nuestro antojo, como ahora él o ella o ellos, los nuevos inquilinos de su piel.


Volveríamos a encontrarnos años más tarde, en una de esas ciudades belgas de las que no se recuerda el nombre. Una convención de periodistas, “El rigor en la información, la decadencia del reportaje”. Como alumna en la clase equivocada, resplandecía solitaria junto a una pared, su corpiño rosado traslucía pechos mejor formados, habitables, cintura afrancesa, un chal de lana rojo rodeándola. Era la mujer que ahora poseía su cuerpo en la celebración de despedida. Salvo ella, ningún ser permaneció inmutable al paso del tiempo: rostros finalmente definitorios, vértigo de sienes; quizá la innoble eternidad había conseguido su vedada corporeidad.

Tal vez ingenuos o cómplices, nos interrogamos por relaciones pasadas de las que ya nada se recuerda o no se menciona, o sí lo hacemos pero seccionadas o menoscabadas, narradas las indiferenciadas o anecdóticas y humorísticas, y calladas las delirantes que no supimos retener, mujeres displicentes y arrogantes, u hombres infieles, camaleónicos o altivos que hieren y marchan. Los años transcurridos fueron así un leve silbido abandonado.
En aquella declinatoria noche, eligió el marrón, como recordando una leyenda. Pinceló mi alma con su alma infantil y su varita, y le dio color a mi nombre. Me invitó a la inmensidad como quien ofrece una postal; ven conmigo, allí sabré tratarte; entre sus manos, el Universo, intimidado, recordó su lejana infancia.
Retomé la incipiente habilidad de los veinte años, la cómplice adulación que susurra cuando la seducción no es más que un juego o una trampa. Es tan fácil musitar bajo el tácito arrullo de unas risas cuando los rostros reconocen y permiten la proximidad; quedaron cinceladas las caricias como en un busto o una roca de quien amamos o tan sólo enternecimos, cuando el sexo era un acto generosidad.

Su cabello entonces sin violencia o refugiado, con You are so beautiful de Joe Cocker sonando tan cercano y nuestro, su baile acompasado aunque a la espera de una mano o una invitación, o quizá esperaba a un enchaquetado anciano a punto de volver, aburrida de mi presencia o nuestros ayeres, y sin embargo algo cambió cuando le mencioné que marcharía por la mañana hacia Nuevo Méjico un par de semanas, una novela que finalizaba con un personaje que debía conocer. Ella, no conocía sus horas siguientes. Como si su despedida nunca hubiera ocurrido, postergada por una voz que no pronuncia, su espalda tantas veces recorrida, recuerdo sus temblorosas ensoñaciones, el instante, fugaz como una infancia, en que se entrelazan sueño y consciencia; trémulos pataleos, párpados que se alejan.

Caminamos embriagados por un filo melindroso, como buscando un margen: a los lados nos esperaban los latidos. Recorrimos la innombrable ciudad, sin nada salvo la noche única en común, y bajo aquel cielo confidente, obtuvo eficazmente como en una correspondencia ajena que rasgas y lees, todos los detalles y secretos más ocultos que callé o adorné mientras le narraba, retomando las últimas caricias inconclusas que dejamos atrás. Quien ha caminado junto a ella, sabrá de mis palabras.

“Si cuando regreses a Burdeos vivo en tu casa, entonces seremos para siempre”. Recogidos en su hotel, velado al recordar el futuro no pude más que celebrar mis semanas de espera, y mi vuelta por la senda pedregosa de Burdeos tras las palabras que pronunció con la firmeza de una sentencia o una invocación. La despedida sempiterna cuya lágrima última no caería temblorosa, dos extraños en Burdeos, el paréntesis que se cierra y nos embauca —un reencuentro o un destino—, apreciar sus gafas en la mesita o su ropa tendida o el olor a café en el porche de Burdeos o jugar al escondite, como dos niños, o dos viejos. Y mi hueso entre la ingle y la cadera adoleciente al fin suyo y no su ausencia ni los párpados alejados, sin la necesidad de preguntarse dónde estará el otro, en brazos de qué amante, ciudad o sombra, la delectación nocturna de asistir al instante, fugaz como una infancia, de sus temblorosas ensoñaciones. De la bala silente de su promesa, ahora sé que sólo quedó el humo.

La mañana presurosa inoculó en nuestro hotel como un crimen tramado en los últimos quince minutos que compartí con ella. Sobre mis últimos artículos publicados en The Times que ni tan siquiera atendió, el embrujo de esos labios infinitos me alumbró por última vez.