miércoles, febrero 22, 2006

El abuelo

(Carlos Navarro. Febrero 2006)
En pleno agosto cubría su lánguido cuerpo con las tres chaquetas que había en el armario. A sus 93 años el abuelo de Andrés huía de puertas y ventanas, no salía a la calle si corría viento pues sentía el frío como un preludio de su muerte.

Había sobrevivido a la Guerra Civil, ni una sola herida. Una cicatriz en la frente del primer coche que visitó el pueblo, cuando tan sólo era un crío, atestiguaba su edad. Sus mujer había muerto, sus amigos, también. Andrés pensaba que vivir cuando ya no queda nadie con quien recordar tiempos comunes, se parece a la vida de un fantasma. Distinguía perfectamente los obtejos de la casa, todavía podía asirlos como los sacos de harina que transportaba hasta la fábrica de su padre. Sin apenas signos vitales parecía exhausto desde que se levantaba. Metódico, recitaba cada noche las mismas historias. Un día Javier, el hermano de Andrés, pensó bajar a la calle a pesar de que tendría que dejar sólo a su abuelo. Unos pasos arrastrados lo alacanzaron en el rellano.

- No me dejes solo, no me dejes solo.

Javier tuvo que ceder al chantaje emocional al ver su mirada desarropada e implorante. A la media hora ya dormía y Javier se entretenía al teléfono.

Aceptaba resignado pasar un mes con cada hijo, cambiar de ciudad como una pelota caliente que nadie soporta. No entendían los nietos que la ignoracia permitía su longevidad. Él no comprendía cualquier cosa ajena al salón oblongo en que se pasaba horas viendo partidos de fútbol. Cuando olvidaba si era de día o de noche, o si había tomado la cena o la pastilla para el riego, tan sólo argüía:

- Ya sólo me queda esperar la muerte, que son muchos años.

Aunque era más pertinaz respecto al número exacto de veces que debía ir al baño para gozar de buena salud. Para quien había levantado un país con años de labriego en su vida tan longeva, no había palabras comprensivas ante aquel inservible cuerpo. Si le alcanzaban las siete de la tarde y no había podido hacer, preguntaba:

- Hoy no he hecho de vientre, ¿crees que será algo grave?

- No abuelo –replicaba hastiado alguno de sus nietos-. No pasa nada porque un día no hagas. Te lo decimos todos los días, y siempre se te olvida.

- Ay. Ya sólo me queda esperar la muerte, que son muchos años.

Una tarde en que Andrés andaba muy liado con sus estudios, el abuelo irrumpió en su habitación:

-Hoy no he hecho de vientre, ¿crees que será algo grave?

- No abuelo. ¿Qué le va a pasar por no hacer en un día? Todo lo que entra sale.

- Ya sólo me queda esperar la muerte, que son muchos años –farfullaba el abuelo.

- Si abuelo, son mucho años. Pero le preguntaste lo mismo al médico cuando tu mujer ingresó en el hospital horas antes de morir.

El abuelo salió de la habitación preguntándose si le había llegado ya la hora, si moriría esa misma noche. La celebración de un gol en la televisión le condujo directamente al salón. Olvidando rápidamente sus inmediatas preocupaciones, se sentó a ver el final del partido.