sábado, febrero 18, 2006

El encuentro

Agitaba la cucharilla desconcertada. Madejas de cobre le urgían alzarse, coger el equipaje y llegar al aeropuerto. Se excusaría nada más llegara él, terminaría su taza de café y marcharía a Bélgica. Rechazó la compañía inoportuna de un señor de lustre anticuado, pana y sombrero. Pasados varios minutos, y justo cuando él apareció, supo de su fragilidad ante aquel chico con el que apenas había compartido breves comentarios de pasillo. Pero lo que afuera le esperaba no era la vida, sino una piel sin aromas ni escarcha.

- Te pedí que vinieras aquí porque sabía de tu marcha. Me llamo Samuel, y debo decirte algo -casi no movía el mentón. La mirada; cubierta de arena y pasado. Sus primeras palabras dejaron a Bélgica en manos sudorosas.

- Esta es tal vez la forma más ridícula que tengo de darte las gracias, de compartirme contigo. Recuerdo tu llegada a nuestra aula, extranjera en una casa fría, al menos la imagen primera de la presentación formal; a simple vista eras un granito más de arena. Aunque no lo supe entonces, detrás de esos tímidos labios, jugaba dentro el universo. Junto a quien me brindó tu nombre, reposabas grácil e inédita sobre un pupitre. No pensé que llegaría a añorar tus descuidos, a temer tu pérdida -no se movió de donde estaba, recitaba de momoria sin dejarse una coma para culminar lo que durante años había anidado en algún lugar, detrás de la urdimbre de versos y lamento.
Las personas acostumbran a hablar y a desvelar, narran hechos, persuaden o describen pasiones sin tregua, invaden y frecuentan los oídos y consumen los secretos. Ante eso, me quedo con el manto de silencios entre tu piel y la mía, tolerar la inquietud al balanceo de una mesa cuando esperas una señal, preguntarte sin decir, responderme sonriendo; como cuando tropiezas y siempre consigues levantarte pues tienes el valor, las agallas de miles de vidas; secar lánguidas tus lágrimas con un pañuelo que no salió de mi bolsillo, observarte agradecida con el tacto. Posado en mi pecho, la distancia herida de muerte, gritaba el abrazo. Imploraba cuidado y desgaste, renunciaba a los motivos, a explicarse, pues deseaba ser arrancado y exigido; sin pedir permiso, obtuviste lo que era tuyo, cogí lo que era mío.

Ella volvió a aquel primer contacto, desvalida de olvidos. Sus párpados cayeron vencidos.

- Esa barrera derrotada, y el recuerdo de la primera imagen sobre el pupitre. Pienso en la ceguera de quien te sigue mirando como yo entonces, de quien no escarba en la playa -la vista aturdida en la bruma de un barco-, porque el embrujo del mar se oculta bajo la arena. Removiendo intuitivamente en la orilla, una mañana te encontré. Y es ahora que apenas te conozco -tan sólo nos une la misma aula, alguna adventicia sonrisa compartida: te llamas incisiva o pelos o desastre-, que tengo la convicción de que poco más sabré de ti, que poco más sabrás tú de mí. Quién sabe si todo está ya escrito en la bitácora del destino, si nos aguardan anodinas conversaciones o quebradizos paseos con un helado compartido. Sé de la frágil seda que hilvana la complicidad la mayoría de las veces, fugaz o transitoria; que todo es prescindible y pasa, que a menudo nos gobierna la cobardía y el silencio, las palabras no pronunciadas como el encuentro al que no acudimos o el gesto contenido, el arrojo para decir u ofrecerse, libres de todas las lentitudes, y los secretos. Si me preguntaran qué me insta a desear saber de ti, cómo estás, no sabría qué responder.

Se había dejado balancear por sus palabras, y le añoraba, como esas veces que arropaba a su gata Lilí de rabia por temor a su pérdida temida. Antes de atravesar la puerta y desaparecer, él le besó el párpado y ella pudo escuchar por última vez aquella voz nueva, y eterna desde entonces.

- Para que recuerdes que algo de ti ha quedado en mí, te digo adiós, te echaré de menos, aunque te vayas siempre estarás aquí.

Salió del local. Ella lo haría minutos después, como despertando.