jueves, marzo 30, 2006

Dingle

(Tiempo estimado de lectura: 20 munutos)

Realmente alguien debería escribir una novela sobre aquella cocina, pensaba Emma, permanecer frente al tarro de melocotones y el queso y las migas durante horas recreando el mundo reducido a veinte metros cuadrados. Douglas Hyde o Lady Gregory emborronando cuartillas donde Emma podría resumir su corta edad y desde donde ve crecer a través del ventanal, acodada y sujetándose el mentón, a dos niños que juegan a perseguirse. Imagina cómo se disipa la luz y alguien fuerza la cerradura, consigue entrar y ella tantea el mármol hasta dar con un cuchillo; o cierra los ojos cuando Samuel y su madre no están, y se ve a sí misma diez años atrás, con la cara moteada de harina y escribiendo su nombre con mermelada en los azulejos, Emma en todas partes, churretones morados fragmentando la cocina. La ve como si estuviera allí, y realmente Emma puede alargarse y tocar a Emma, agarrarle la mano y dejar de hablar sola, cada una en su época y tiempo, dejar de danzar arrítmicamente cuando nadie puede verlas, y bailar la una con la otra. Colocó el pastel de nueces y melaza en la tercera bandeja, al final del refrigerador, después de añadir una hojita de menta y sonreír complaciente. En esos días en que no se distinguen las fechas, el mes de julio había echado sus primeras raíces. Sí, Douglas Hyde debería explicar la íntima relación entre el arándano y el jazz, entre las carnes y Ella Fitzgerald, cómo una confitura de jengibre no es una confitura de jengibre sin Nelly Furtado en la minicadena que Emma escucha junto al horno, narrar la vida de las dos Emmas en una novela.

Acostada, jugando con los dedos de los pies, Samuel y su madre entraron como se entra en un velatorio, aunque deliciosos en los abrazos y los frascos de ciruelas, la manteca y una botella de coñac. Pensaba en la harina que no llevaba el pastel, puso maizena, pero con la maizena nunca se sabe. Hizo creer que contenía el llanto, y fue al baño. Recordó, desnuda sobre agua tibia, el olor a álamos del jardín, la furgoneta roja que acercaba a los turistas y los guiaba por Dingle hasta Mar del Delfín, los gritos de tía Heder, las rabietas de Oliver, las tazas colgadas en el recibidor.
Los asientos eran confortables, había gallinas y conejos enjaulados y un hedor como de cieno, también sudor pegado en las mejillas y madres infladas de antidepresivos. Había cogido dos novelas de Faulkner del mueble de su padre, Mientras agonizo y Santuario. Comprobó que las llevaba en el bolso, se volvió y le alzó secamente una mano a su madre subida a la acera. Giraban por Audhton Street. Falda blanca y larga, apretadas enaguas humedeciéndole los muslos, pelo recogido en un moño y disfrutando de la ausencia de un viajero a su lado. Se ladeó y puso los tacones sobre el asiento. “Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial…”, comenzó a leer. El traqueteo la despertó a tres kilómetros de Dingle, desconcertada; un hombre de rostro plano y mirada hundida la observaba dormir a su lado.


Detrás de una colina más allá de Ventry se detuvo el autobús, a los pies del fornido tío Ernesto. Estrecharlo fue como cobijarse en un tronco grueso. Desde que tenía memoria, Ernesto blandía una herramienta y sudaba. A tía Heder le había crecido un cobertizo junto al río, al otro lado de la familia Daconte, frente a las dos altas casas. Por allí no debían merodear, “Propiedad privada”, ordenaba un cartel en el porche. Su tía fue siempre muy estricta respecto a eso; la salvaguarda de una estirpe llama a la invisibilidad, recordaba haber escuchado en alguna ocasión a su padre. Oliver la tentó una vez como una conciencia insensata, y fue peor probar el oscuro carácter de la tía que el cosquilleo de saltar por aquella ventana para colorearse la cara de rimel y pintalabios. Oliver no pasaba de metro y medio de huesos, siempre atento a cuchicheos con sus sobresalientes orejas. Una madrugada de insomnio se coló en su estancia y le desveló un secreto; el señor Ismael Daconte, marido de Elena Daconte, después de perderlo todo en una partida ilegal, degolló a su esposa y al hijo, y más tarde se quitó la vida. Cuando despertó creyó haberlo soñado. Atendió al nuevo empedrado del pavimento; todo estaba más menudo, más gris y con vallas bordeando el recinto. Tía Heder no había hecho la zona de recreo que Emma le imploró al final del pasado verano una noche de escurridizas luciérnagas. En su lugar puso un madero colgado del viejo roble medio tumbado. Oliver salió a su encuentro a grandes zancadas, más alto que un año atrás y de rasgos definidos, y la abrazó. En una mejilla se asomaba, tímida, una magulladura. Lora, la hermana mayor, los amarró a los dos con un acoso de preguntas y besos. Emma informó con celeridad, ninguna asignatura para verano, tía Isabel bien, de Samuel mejor no hablar, y mamá desalmada desde lo de papá, tan sola. Ernesto aparcó la furgoneta, y el pozo calmó sus turbias cenizas con aquellas dos sonrisas. Volvieron a agarrarse con fuerza.
Se detuvo ante el sartal de álamos entreverados con las dos casas, sus hojas angostas y las cortezas desgajadas sobre el manto de raíces, y sin embargo nada había cambiado; el mismo olor en una tarde cualquiera del recuerdo ahora con curiosos huéspedes alados en las ramas. “¿Los has visto Emma? en el pueblo no se habla de otra cosa”, sus dedos casi llegaban hasta lo alto. Con espanto la bandada de señoriales cuervos se elevó lentamente, como por turnos, desplegándose, y al pasar por la cristalera del segundo piso, Emma se detuvo al ver a Heder. Sobre la balaustrada el brazo de la tía rodeaba el hombro desnudo de Marta; con aquellos párpados de piedra parecían darle la bienvenida. Tan irracional el sentimiento que debe procurarse hacia un familiar, como hacia cualquier persona que no se elige tener cerca, el que nunca tuvo hacia su tía o hacia Marta, el que sí hubo respecto de Olivier o Ernesto. Tan irracional el deseo de golpear a su madre desde hacía tiempo.

De la mano su tío la acompañó hasta el dormitorio, junto a la escalera y frente a la habitación de Lora y Oliver, trasladados a esa casa para que no se sintiera sola. Una vez creyó que con esas manos Ernesto podría detener una tormenta. Cama amplia ideal para revolcarse, dos macetas con begonias, una ventana y un baño propio. Temerosa tomó una fotografía que le asustó; Emma con siete años y un vestido largo de brocado, el pelo hasta los hombros, posa disgustada como por imposición porque sólo quiere quitarse el vestido y mirar al cielo, si el escritor irlandés Douglas Hyde escribiera entonces que ella, la que sostiene ese trozo de papel cierra los ojos y coge de la mano a la niña de siete años y un vestido largo de brocado, todo encajaría, se pondrían a bailar, mirarían juntas el cielo.
Debilitada por el viaje, alcanzó el coñac y se lo dio junto a una sonrisa precedida de un abrazo; sabe que sonreír a los mayores supone favores futuros.
―Bienvenida hija ―su hospitalidad iba acorde con el tamaño de los hombros.
Conmovida, fue al baño recién adecentado por su llegada, bien lo sabía, aunque nada comparado con el suyo en Dublín. A la noche, mientras orinaba, un afeado cuervo sobre la repisa le ladea la cabeza; parecen escudriñarse, conocerse incluso.


Las mañanas eran espléndidas y calurosas sobre el césped trasero, un paraíso de bichos y color. Oliver y Emma jugaban todo el tiempo, insaciable edad competitiva donde no se juzga ni se concibe rendición, y a veces también con su prima Lora, quien supo desde que llegó que algún día su prima la sacaría de Dingle para ser su intérprete, tal vez escaparse juntas a París o Praga y no regresar. Lo pensaba cuando Emma se esforzaba en comunicarse con ella mediante el lenguaje de gestos, pues aprendía rápido. Oliver reía sus desatinos, es fácil ser niño y mofarse de quien no conoce un idioma. Solían estar en el jardín, en el balancín del viejo roble o tapando hormigueros, a veces en el piso de arriba o en los pasillos que zigzagueaban como dientes, pero nunca en la buhardilla donde Heder había instalado su escritorio para no incordiar su trabajo.
Los banquitos del patio ejercían de lugar seguro; uno hacía de perseguidor y el otro de presa en el juego. Con una mirada vivaz, Lora se inclinaba por la victoria de su prima, sentada sobre el tablado y atenta, deseando que Oliver no la agarrara. Siempre había envidiado el cabello de Emma, liso y color azabache, no así la expresión que conformaban pómulos y nariz, expresión que suplicaba el avance de los años, un estado impaciente de espera que la irritaba. El recinto del juego iba desde los arbustos y álamos hasta el final del patio de delante, sin sobrepasar la valla. El cielo a veces indispuesto de nubarrones, y al instante despejado, o con nubes solitarias, acomodadas y hasta algo tontas. Detenidos y separados por unas sillas de mimbre, Emma amagó a un lado y corrió en dirección opuesta donde Lora, pero un brazo le tocó el hombro.

―Ahora pagas tú, prima.

Hizo la cuenta atrás desde treinta con la vista tapada sobre las piernas de Lora, acelerando el ritmo hacia el final. No hizo trampas, aunque presintió que Oliver hallaba sus escondites con demasiada facilidad. Esta vez el dedo delator de Lora sí las hizo. Oliver atravesaba la casa, y la prima fue a la zaga, lejos ya Lora. Los gruñidos de Marta junto a la puerta del patio marcaron su carrera, con un cierto malestar en la pierna por las inflamaciones que arrastraba desde hacía unos años. Junto al cobertizo Oliver contenido y jadeante; se volvió frustrado y echó a correr hacia el caserón de los Daconte. Afuera, Heder arremetía contra Ernesto para que no volviera a dejar sus herramientas fuera de su sitio en lo que parecía un asedio de manotazos en la cabeza y gritos. De él no escuchó ninguna queja. El camino empedrado con ligera inclinación llevaba hasta la gruesa puerta entornada del caserón, por donde Oliver pasó sin apenas rozarla. A Emma le recordó el sótano de su casa en Dublín, al que jamás bajaba sola pues una tenue luz daba formas monstruosas a botes de insecticidas y cajones. El crujir de unas maderas la hizo subir peldaños hasta el piso superior. Lo encontró parado en una habitación, junto a siglos de abandono y quietud. Pensó que algo oculto les vigilaba; insectos intrusos en cadáveres, o algo peor. Olvidaron el juego. Emma se arrimó a él arrastrando los pies como metálicos por la habitación del por siempre pequeño Gelmond Daconte, hasta aferrarse a la blanca mano temblorosa de Oliver. Apenas se distinguían, entre sombras, los contornos de las sábanas apartadas de un último sueño, un cuaderno sobre la mesa, y al acercarse, una frase inacabada. La mano de Ernesto podría ahora aplastar la oscuridad, murmuró Emma. Un crujido como de pasos en el salón desencadenó empujones y gritos; salieron corriendo presas de la asfixia, del aire cargado y sucio, bajaron las escaleras de un salto y dieron un puntapié al portón hasta llegar al jardín. Todo estaba allí inmóvil, como en una fotografía. Lora distraída con un mechón, y dos ojos que relucían desde la cocina. Oliver y Emma tardaron en volver a sonreír desde lo sucedido. Aludiendo que requería un baño, Oliver subió las escaleras cabizbajo sin percatarse del cuaderno que Emma escondía bajo el suéter.


A los pocos días Emma enfermó. Con la puerta entreabierta gritaba lo que necesitaba. Esa misma tarde abrió el cuaderno color canela y de textura rugosa de Gelmond Daconte, como quien profana una tumba. Se trataba de un diario fechado cuatro años atrás. Cuanto más procuraba no fijarse en los detalles, más retenía lo que se relataba. Pasiones y recelos, tramas y descabelladas suposiciones, encuentros con niñas descritas con natural afecto y peleas colegiales. Sin duda la vida de ese chico era la vida de todos los chicos. En varios párrafos nombraba a Marta, aunque no como ella la conocía. Varias páginas antes del final, contaba: “Papá ha llegado otra vez borracho. Cuando viene así se odia, nos odia. Me encierro en mi habitación y miro por la ventana. Estoy mirando los cuervos, parecen querer quedarse con nuestra casa. Papá está golpeando a mamá”. En la parte superior indicaba la fecha: 16 de febrero de 1931. Avanzó hasta la última página, donde las palabras eran como metálicas o vagas: “No dejarán que te acerques; vete”.
―No está bien leer lo que otros escriben. Y mucho menos robar ―Marta la miraba desde los pies de la cama.
―Pensaba devolverlo. Sólo es un diario que encontré el otro día, además ahora no tiene dueño.
―¿Crees que porque ese niño muriera ha dejado de ser suyo? Le pertenece aunque pasen miles de años. Eres una ladrona, pero no se lo diré a tia Heder, estate tranquila ―le quitó de las manos el cuaderno y lo mantuvo bajo el brazo―. Me ha encargado que cuide de ti.
Sonó como una sentencia, amenazadora, aunque bien sabía que su rabia no era más que rabia, jamás la perjudicaría. Soportó las frías atenciones, sus retrasos y olvidos. En los tres días que duró su estado febril ni Oliver ni Lora fueron a visitarla, están por ahí jugando, respondía esquiva Marta. Harta en la segunda noche, le dijo a Marta cuando le trajo la cena que por favor buscara a Oliver, y que fuera a verla a la noche. Esperó y esperó, recostada sobre un almohadón. Hacia las once escuchó griterío en el piso superior, un empujón y Oliver arrinconado, ocultando el rostro para que no hubiera marcas, llantos, inútiles disculpas, pasos que reconoció como los de Heder, cortos y pesados, no eran los vigorosos de Ernesto, una lámpara rodó hasta romperse, Marta victoriosa y golpes y patadas. Gritó sus nombres e intentó incorporarse hasta agotarse. Un pensamiento la trasladó a otro, y este a otro hasta sentirse más y más débil, aturdida se fue diluyendo como en una batea, como en sueños.


“No dejarán que te acerques; vete”. Despertó repitiendo en voz alta esa frase, pronunciada detrás de la niebla que separa sueño y los sudores que la empapaban. La fiebre le fue bajando a medida que avanzaba la mañana, y para la tarde pudo sentarse con los demás a comer. Había un vecino pelirrojo que la miraba, debía tener su misma edad y la saludaba. No le conocía, ni él a ella tampoco, nunca había soportado esos chicos de su edad que sólo quieren besos y más besos, cúmulo de babas y una mano bajo la blusa. De reojo miraba la viscosidad lasciva en los ojos de algún profesor cuando subía peldaños, a la espera de que la escalera no fuera sólo una escalera, un eterno asecender por las caderas adolescentes y tiernas. Pasaron las semanas y retomaron la tranquilidad de los primeros días. Lora y Emma volvieron a cocinar juntas, eneldo, hinojo y berros eran sus condimentos perfectos, la tía supervisaba los guisados, degustaba los filetes y cuando precisaban de Emma, ésta hacía flan o algún pastel.

Marta la toleraba pero jamás pensó hacerse su amiga, no sabe nada de lo que pasa en esta casa, sólo juega y prepara dulces. Le sonríe ahora que ella la mira. Ningún problema en saludarla y compartir mesa, pero que no toque sus faldas ni sus zapatos, que no coja nada y se marche pronto.

Cuando Heder gruñía por una ventana mal cerrada, los cuervos esperando tales descuidos, Emma se metía en la cocina, encendía el horno a 250º, separaba la clara de la yema de varios huevos, cortaba la rugosa piel de una naranja, su penetrante olor a azahar en el aire, tamizaba harina, azúcar, trufa, hojas de menta y preparaba un dulce para la tarde del día siguiente, a modo de descanso. Mejor eso que bajar hasta la playa. Jamás había compartido la belleza de observar el oleaje, o humedecerse los pies en la orilla; detestaba regresar con arena por todo el cuerpo. En el comedor la altura del techo, con sus enormes vigas, ofrecía el lugar más fresco de la casa. Heder y Ernesto en las cabeceras, Emma y Oliver a un lado y Lora y Marta en el otro, con la costumbre familiar de guardar silencio. Ultimamente los cuervos están excitados, como esperando algo, y se posan sobre cada superficie donde sus patitas quepan, buscan huecos civilizadamente, se hacinan. Ernesto repite lo de la Asamblea popular para hacer algo al respecto, tal vez insecticidas, y no dejar ninguna ventana entornada.

Emma se cruzó con Oliver varias veces en la cocina, mientras dejaban los platos sucios. Presuroso, no hubo respuesta cuando Emma preguntó por las magulladuras en el cuello. Sabía que era el escarmiento de tía Heder por la escapada al Caserón de los Daconte. Un niño no se pregunta si puede devolver los golpes de una madre, pero sí por qué estos no se reparten entre los culpables. Emma tomó caldo y una manzana, y esa noche observó, como si estuviera presa, a sus primos jugar en el jardín.

Una mañana Emma observó cómo Marta se divertía saltando sobre un solo pie, y algo húmedo y frío pareció posarse en su pierna.
- ¿Quién te ha pintado? –dijo tontamente Oliver presionándole un eritema.
Sobre el vallado, un enorme cuervo picoteaba como con ternura a otro en el cuello. No sabía por qué, pero pensó en su madre, le entró una arcada. Tal vez la llamaría esa semana. Apartó la mano de Oliver y atendió como fotógrafa ante un buen encuadre a Marta apoyada con una sola pierna, y a los cuervos de delgadas patas junto a ella en su visor, hizo un cuadro con las manos, esperó a que la luz transversal fuera la idónea, e hizo una foto.


A la noche disfruta escuchando el paso lento del tiempo, minutos como rodillos de amianto, acurrucada en la mesa partida de marmol junto al rosal, había cerrado bien las ventanas por los cuervos. Salieron también Lora y Oliver abrigados, después Marta, acercó su mano por el cabello de Emma, lo acarició sin tocarlo, cruzó los brazos tristemente.


Hacer un embalse con tejas, arena y mucha agua, no fue tarea sencilla, pero ambos se lo tomaron como un reto. Emma hacía de capataz de la obra. Cogían la manzana del postre y recogían los platos con premura. Ernesto les disculpaba, eran chiquillos que se divertían y no debían quedar mal con la familia. “Después lo lavarás tú y recogerás todo”, auguró tia Heder acicalándose los tersos pelos que sobresalían de una verruga como patas de araña, bajo la nariz. Decidieron hacerlo junto al balancín de madera donde el terreno estaba inclinado; las hendiduras en la fina tierra guiarían el río, el agua arrojada cuidadosamente por los surcos desde las manos de Oliver. Lora siempre atenta y sorprendida. En una botella metieron moscas y otro bichos, algunos destripados minuciosamente, manos pringosas pues todo el mundo sabe que para conocer la naturaleza hay que aplastar con los dedos algunos insectos. Emma pensó por un instante en el incidente de la escapada; sin dudarlo, le preguntó a Oliver por qué tía Heder no les dejaba entrar en aquella casa deshabitada.
- Desde aquel febrero en que ocurrió la tragedia de nuestros vecinos no le gusta esa casa. Y los muertos tampoco –en su cuello tostado apenas se distinguían las heridas.


Cada cinco días llegaba la pesca al puerto de Dingle y Ernesto regresaba con varias cajas de boquerones y sardinas; también subía a varios turistas alemanes o franceses. Ernesto les había prometido darles la sardina más grande a su vuelta; sería el primer habitante del pequeño pantano. Cuervos como una oscura plaga ennegrecían el paisaje, y el maldito calor. Emma fue a buscar clavos y algo con que hacer palanca en la tierra. Cogió un puñado de la parte trasera; extrañamanente, no había ningún cuervo. De vuelta pensó que en ausencia de los tíos podría reconciliarse con su prima, dos niñas siempre pueden encontrar algo que las una, secretos o algo con que divertirse juntas, o no, no se lo merece, piensa Emma, presiona su mandíbula y camina más erguida, amenazante, mejor poner a esa niñata en su sitio, sin testigos, un revés con la palanca, sí, escarmentarla. A la altura del embalse, sólo estaba Marta. Había algo en aquella escena, no sabía qué, como desenfocado, algo no iba bien, sonó un clic en su pecho, dejó caer los clavos, Marta riendo burlonamente, parecía buscar motivos para aquel reguero de barro, el vecino pelirrojo sonreía invariable en su recinto. Volvió la vista y vio a Lora sacudida por impulsos nerviosos, agitando el cabello e intentando inútilmente emitir un grito, todo fue muy rápido, el maldito calor, sabías que me gustaba ese chico hasta que su padre lo degolló, cree escuchar de Marta que la miraba entonces, pero desde donde está nos comunicamos mejor que antes, pudiste leerlo en su diario, algo no iba bien, no sabía qué, le gritó que se callara de una vez.

―¿Viste que el diario continúa a pesar de que nadie escribe? Lo hace él, desde donde esté. Los muertos están, y ven lo que hacemos, y también lo que vamos a hacer. Está muy solo, no tiene con quien jugar ―del interior de la casa se escuchó un grito pavoroso.

Sobre la mesa partida de mármol, en la entrada, en repisas, barandillas o tablados centenares de cuervos, algunos desplegados, otros gimiendo y todas las ventanas abiertas. Emma pensó en la mano infinta de Ernesto y en sangre sobre los azulejos de la cocina con su nombre, Emma en todas partes, esquivó como pudo los picotazos y sobre todo esos diminutos ojos enardecidos. Recorrió la casa laberíntica hasta dar con Oliver, quien gritó con una voz ronca desde el suelo que no dejarían que se acercase, que se fuera, forcejeaba con la pita que anudaba sus muñecas ahora ensangrentadas, aturdido por un enjambre de picos.